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A ver si espabilamos

06 May

Insisten nuestros mandatarios en seguir parcheando la economía a base de inyecciones –“letales” para las arcas públicas- de dinero gubernamental y de seguir tirando de la tensa cuerda del proteccionismo social, pero nuestra economía sigue varada en los lodos de la zozobra inmobiliaria, y de ahí va a ser muy difícil sacarla, como ya nos han dicho por activa y por pasiva todas las instituciones de referencia (como la UE o el FMI).

Haciendo honor a la terquedad española, nos empeñamos en esperar la mejora de la salud laboral nacional y permanecemos agazapados, con las manos en la cabeza y la esperanza de que, finalmente, el cielo no caiga sobre nosotros y nos aplaste. Hay más de cuatro millones de parados, lo cual dobla la cantidad de los que ya teníamos hace un par de años. Es momento de reflexionar.

Primero: ¿de dónde salen dos millones de nuevos parados? Nos dicen los expertos que, cuando la enorme burbuja de cuento de hadas (para algunos) del negocio inmobiliario estalló, lo hizo tanto en la cara de las promotoras como en la de las financieras, los bancos, las agencias y las productoras de recursos (ladrillo, cemento, etcétera) y otras agencias de servicios, incluyendo grandes, medianas y pequeñas empresas.. se pudo comprobar, mal que les pese a algunos, que aquello de la especulación del ladrillo salió rana. Pero que muy rana. Así que no es difícil imaginar que un gran porcentaje de estos parados los “escupió” aquel hundimiento financiero.

Dios salve al ladrillo

Dios salve al ladrillo

Esto, unido al hecho irrefutable de que, cada vez más, el obrero en España se está convirtiendo en esclavo del sistema, complicó muchísimo las cosas. Dado que el Gobierno (el de antes y el de ahora) bendijo y arropó, hasta hacerlo suyo, el modelo neoliberal capitalista salvaje en funciones, y se olvidó del bienestar social acosándonos con el encarecimiento de bienes de consumo tan básicos como la vivienda, de las pocas opciones que se ofrecían la gran mayoría de la población (esto es, mucha gente) se lapidó a sí misma cuando eligió firmar una hipoteca por cantidades grotescas en plazos surrealistas. Una de las grandes bazas que se manejaban entre el ciudadano de a pie era la de que lo que compraban (una vivienda) era un activo seguro; algo que jamás podría perder valor, y se equivocaron.

Habían caído en la trampa: una deuda mensual que debían saldar sí o sí, con la que se comprometían durante veinte, treinta o cuarenta años, cuando no cincuenta, auspiciados por el inequívoco seguro de que si compraron por diez, en el peor de los casos, podrían vender por veinte. Y mientras tanto, en las empresas, sabedores los patronos de que su proletariado necesitaba trabajar a toda costa, apretaban su puño cuanto podían, mientras los trabajadores callaban y rezaban aquello de “Virgencita, que me quede como estoy”..

¿Quién tuvo la culpa aquí? ¿Los gobiernos, por no saber encauzar la sociedad hacia un modelo de bienestar sostenible? ¿González, por haber firmado junto a los sindicatos hace mucho, mucho tiempo, la dilapidación absoluta de los derechos del trabajador? ¿Zapatero? ¿El modelo neoliberal? ¿La omnipotente mano de los cuatro poderes?

La respuesta es mucho más sencilla, y es, a la vez, complicada en su aplicación. Porque la respuesta la tiene el propio pueblo, el obrero, que sin darse cuenta ha vuelto a las posiciones de clarísima desventaja que sufría hace más de cien años. Y esta involución la ha propiciado él, y solamente él. La ilusoria sensación de aburguesamiento que ha sufrido durante los últimos quince años ha resultado ser su piedra de toque, su punto flaco. Tener una casa, un coche, una familia.. demasiadas cadenas para una vida en la que se nos cierran vías de escape, en la que las opciones son cada vez menos y más agresivas.

El modelo que se nos ha vendido solo beneficiaba a unos cuantos, y hemos tenido que probar las hieles del fracaso para abrir los ojos, así que (y esta es mi reflexión final): ¿no sería más rentable, a largo plazo, dejar de proteger el ladrillo, cambiar mentalidades hacia puntos de vista menos tradicionales, fomentar el alquiler frente a la propiedad (como en el resto de Europa), y frenar el expansionismo y el capitalismo salvaje, dotando de mayor poder adquisitivo y mayor seguridad laboral al obrero, aún a costa de recortar los beneficios de los sobreprotegidos empresarios? ¿No sería más factible, a corto y medio plazo, invertir más dinero en formación, I+D, nuevas energías (por ejemplo, como ya se está haciendo en Andalucía, y con resultados más que aceptables), y cambiar de ese modo la absurda concepción de que la economía de un país ha de sostenerse sobre ladrillos e hipotecas, herencia del franquismo y de la España más rancia y antediluviana? ¿No sería más fiable, a corto, medio, y largo plazo, tratar de desmontar un modelo a todas luces equivocado, y sustituirlo por otro en el que prime el bienestar de la mayoría, que al fin y al cabo es uno de los fundamentos de esta mal llamada democracia?

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