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Es la hora

Cuatro años después del inicio de la mayor crisis financiera mundial. Cinco millones de parados más tarde. Casi un lustro después en que la indignación, la corrupción política, el atropello sistemático de derechos civiles y la mentira han terminado por socavar la paciencia de la ciudadanía.

Ya era hora.
De hecho, es la hora.

Es la hora de levantarse. De abrir mucho los ojos, de observar, de analizar. De gritar que no nos van a poder callar, de no volver a permitir que nos pisen la cabeza otra vez.
Y para ellos, para los políticos, es la peor hora.
La hora que estaban esperando, la del reparto del pastel, la de acaparar votos para el banquete electoral se ha oscurecido de repente. Quizá porque esta vez se han adivinado sus intenciones. Porque el ciudadano ya ha distinguido a la bestia bicéfala (PP-PSOE), ha aprendido que ese «quítate tú para ponerme yo» se estaba convirtiendo en un juego demasiado peligroso. Porque al final son los mismos perros, pero con distintos collares. La política socialista se ha aproximado, sobre todo en los últimos cuatro años, a la política popular (del PP), mientras que al PP se le ha dado de perlas el desgastar al rival a base de inacción y descalificación, y no la de ofrecer una alternativa real; cuestiones éstas que han acabado por indignar a los votantes -no militantes- de ambos partidos. Era cuestión de tiempo. Y cuando tanto unos como otros han demostrado no tener ningún interés en hacer política para el ciudadano sino de cara a los mercados, que han sido los causantes de esta crisis galopante, el ciudadano ha dicho BASTA.

Porque ya era hora.
De hecho, es la hora.

Hora de asustarles, de sacarles de sus emponzoñados cubiles municipales y autonómicos, de gritarles a la cara que no nos gustan. De dejarles muy claro que, o la cosa cambia, o no volverán a ocupar un cargo público. Hora de negarnos taxativamente a que un solo imputado en casos de corrupción vuelva a tener acceso al erario público, prohibirles que se salten la Ley con total impunidad, que utilicen su influencia para beneficiarse a la ciudadanía. Es la hora de buscar una alternativa. Y nuestras armas son los votos. Así que utilizadlas con cabeza. No sirve la abstención, no sirve el voto en blanco. Solo sirve sumar. Y que todo esto haya servido para algo.

Porque ahora es la hora.

 
 

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Música y Miseria (moral)

El otro día pasé por una tienda de discos para comprar uno. No se crean, era un disco que llevaba mucho tiempo escuchando, casi el mismo tiempo que llevaba esperando a que la tienda dejara de considerarlo novedad y bajara su precio hasta uno bastante más asequible. Era el último trabajo de mi banda favorita, a cuyo concierto en mi ciudad asistí, pagando religiosamente la entrada.

El caso es que, de los casi veinte euros que costaba el disco el día de su lanzamiento, terminé ahorrando casi catorce. Como no quise someterme a las reglas del vil mercado, decidí esperar el tiempo necesario para no sentirme estafado, y mientras tanto recurrí a internet para escuchar, para probar el producto. Y una vez que constaté que en el disco no sólo había una canción que valiera la pena, sino que era un trabajo digno de ser atesorado en mi estantería, decidí comprar.

Sigo el mismo procedimiento a la hora de decidir comprar o no un disco, desde que tengo internet. Además, la red me da la posibilidad de escuchar discos antiguos que ya se han retirado de la circulación, de encontrar cosas nuevas, de aprender.

Pero nunca me bajé un disco de Rosario. Ni uno de Ketama. Creo que ninguno de Aute. Simplemente porque no creo que reúnan las características que hacen que sienta inquietud por la música. Hablo de intensidad, riqueza, frescura, esa chispa de “algo más” que obliga a la oreja a abrirse.

Rosario y Antonio Carmona, cuando todavía vendían algún disco.

Rosarito y Antonio Carmona, cuando eran artistas.

Sin embargo ellos salieron a la calle, con alguno más (Loquillo y otras reliquias, aderezadas por algún pescado fresco, como Chenoa o Conchita) para revindicar sus derechos como autores (yo creía que a Rosario siempre le escribía las canciones su hermano Antonio) y clamar (otra vez) contra la bajada de contenidos  de la red. Una manifestación que reunió a doscientas personas. El resto de artistas causó baja porque debía estar trabajando. ¡Digo yo! En fin..

Con la desfachatez por bandera y ambiguos eslóganes a caballo entre el patetismo y la desesperación (“Del Top Ten al Top INEM”, por ejemplo), Aute llegó a decir en la radio que “en 5 años, esto se acaba. No habrá música ni canciones si no se le pone freno a la piratería”. Y se quedó tan ancho.

Señor Aute y acólitos: si ustedes son la música en este país, estaré encantado de colaborar con mi granito de arena para erradicarles por fin de la faz de la tierra. Por cada numerito suyo, por cada inspector de la SGAE que entra en cada bar o peluquería, por cada tuna a la que denuncian ustedes, por cada ayuntamiento, por cada dinero ilegal que cobran amparados por un falso gobierno de izquierdas, allí estaré yo, ratón en mano, pirateando a toda vela, bajando todos los contenidos que la rabia me permita. Porque son ustedes parásitos. Dejaron de ser artistas hace mucho tiempo, y por ello dejaron de vender discos, dejaron de llenar estadios con sus conciertos. Ahora solo se dedican a husmear entre la basura para desenterrar derechos de autor, y no se dan cuenta de que ni siquiera prohibiendo las descargas “ilegales” llegarían a cobrar un euro por los beneficios directos de sus obras. Tan solo les queda el recurso de rapiñar, de hurgar en la carroña, de privar a los demás del derecho a decidir, de imponernos a todos las reglas de un cruel mercado que, a su vez, es el mismo que les ha dejado a ustedes en la estacada, porque ha decidido que ustedes ya no son comerciales.

Por cierto, me llena de repugnancia y estupefacción el hecho de que el Ministro de Industria les haya recibido a ustedes y la Ministra de Medios (Ambiente, Marino y Rural) haya hecho caso omiso de los miles de manifestantes que acudieron en su busca el pasado 21 de noviembre en Madrid, buscando una solución para la crisis agraria. Ya sé que para todo hay clases, pero es que a ustedes se les está mimando en exceso. Y al gobierno se le está viendo el plumero.

Continuará..

 
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Publicado por en 2 diciembre 2009 en Cultura, Sociedad

 

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A ver si espabilamos

Insisten nuestros mandatarios en seguir parcheando la economía a base de inyecciones –“letales” para las arcas públicas- de dinero gubernamental y de seguir tirando de la tensa cuerda del proteccionismo social, pero nuestra economía sigue varada en los lodos de la zozobra inmobiliaria, y de ahí va a ser muy difícil sacarla, como ya nos han dicho por activa y por pasiva todas las instituciones de referencia (como la UE o el FMI).

Haciendo honor a la terquedad española, nos empeñamos en esperar la mejora de la salud laboral nacional y permanecemos agazapados, con las manos en la cabeza y la esperanza de que, finalmente, el cielo no caiga sobre nosotros y nos aplaste. Hay más de cuatro millones de parados, lo cual dobla la cantidad de los que ya teníamos hace un par de años. Es momento de reflexionar.

Primero: ¿de dónde salen dos millones de nuevos parados? Nos dicen los expertos que, cuando la enorme burbuja de cuento de hadas (para algunos) del negocio inmobiliario estalló, lo hizo tanto en la cara de las promotoras como en la de las financieras, los bancos, las agencias y las productoras de recursos (ladrillo, cemento, etcétera) y otras agencias de servicios, incluyendo grandes, medianas y pequeñas empresas.. se pudo comprobar, mal que les pese a algunos, que aquello de la especulación del ladrillo salió rana. Pero que muy rana. Así que no es difícil imaginar que un gran porcentaje de estos parados los “escupió” aquel hundimiento financiero.

Dios salve al ladrillo

Dios salve al ladrillo

Esto, unido al hecho irrefutable de que, cada vez más, el obrero en España se está convirtiendo en esclavo del sistema, complicó muchísimo las cosas. Dado que el Gobierno (el de antes y el de ahora) bendijo y arropó, hasta hacerlo suyo, el modelo neoliberal capitalista salvaje en funciones, y se olvidó del bienestar social acosándonos con el encarecimiento de bienes de consumo tan básicos como la vivienda, de las pocas opciones que se ofrecían la gran mayoría de la población (esto es, mucha gente) se lapidó a sí misma cuando eligió firmar una hipoteca por cantidades grotescas en plazos surrealistas. Una de las grandes bazas que se manejaban entre el ciudadano de a pie era la de que lo que compraban (una vivienda) era un activo seguro; algo que jamás podría perder valor, y se equivocaron.

Habían caído en la trampa: una deuda mensual que debían saldar sí o sí, con la que se comprometían durante veinte, treinta o cuarenta años, cuando no cincuenta, auspiciados por el inequívoco seguro de que si compraron por diez, en el peor de los casos, podrían vender por veinte. Y mientras tanto, en las empresas, sabedores los patronos de que su proletariado necesitaba trabajar a toda costa, apretaban su puño cuanto podían, mientras los trabajadores callaban y rezaban aquello de “Virgencita, que me quede como estoy”..

¿Quién tuvo la culpa aquí? ¿Los gobiernos, por no saber encauzar la sociedad hacia un modelo de bienestar sostenible? ¿González, por haber firmado junto a los sindicatos hace mucho, mucho tiempo, la dilapidación absoluta de los derechos del trabajador? ¿Zapatero? ¿El modelo neoliberal? ¿La omnipotente mano de los cuatro poderes?

La respuesta es mucho más sencilla, y es, a la vez, complicada en su aplicación. Porque la respuesta la tiene el propio pueblo, el obrero, que sin darse cuenta ha vuelto a las posiciones de clarísima desventaja que sufría hace más de cien años. Y esta involución la ha propiciado él, y solamente él. La ilusoria sensación de aburguesamiento que ha sufrido durante los últimos quince años ha resultado ser su piedra de toque, su punto flaco. Tener una casa, un coche, una familia.. demasiadas cadenas para una vida en la que se nos cierran vías de escape, en la que las opciones son cada vez menos y más agresivas.

El modelo que se nos ha vendido solo beneficiaba a unos cuantos, y hemos tenido que probar las hieles del fracaso para abrir los ojos, así que (y esta es mi reflexión final): ¿no sería más rentable, a largo plazo, dejar de proteger el ladrillo, cambiar mentalidades hacia puntos de vista menos tradicionales, fomentar el alquiler frente a la propiedad (como en el resto de Europa), y frenar el expansionismo y el capitalismo salvaje, dotando de mayor poder adquisitivo y mayor seguridad laboral al obrero, aún a costa de recortar los beneficios de los sobreprotegidos empresarios? ¿No sería más factible, a corto y medio plazo, invertir más dinero en formación, I+D, nuevas energías (por ejemplo, como ya se está haciendo en Andalucía, y con resultados más que aceptables), y cambiar de ese modo la absurda concepción de que la economía de un país ha de sostenerse sobre ladrillos e hipotecas, herencia del franquismo y de la España más rancia y antediluviana? ¿No sería más fiable, a corto, medio, y largo plazo, tratar de desmontar un modelo a todas luces equivocado, y sustituirlo por otro en el que prime el bienestar de la mayoría, que al fin y al cabo es uno de los fundamentos de esta mal llamada democracia?

 
 

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