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Soberana Injusticia

De nuevo voces que claman por la unidad de este ser multivertebrado y quimérico al que unos protegen por hacerse valer, y otros muchos inventan males crónicos y agudos por hacerse notar.. menos mal que a esta España no nos la cargamos por muy burros que seamos ni por muchas barbaridades e improperios que vertamos sobre ella.

Hoy amanecían los quioscos catalanes con un editorial único en todos los diarios regionales: uno en el que se recordaba al Tribunal Constitucional la naturaleza popular y legítima del “nuevo” Estatuto de Catalunya, aprobado y refrendado por las Cámaras y el pueblo catalán. Hasta aquí, todo va bien..

.. hasta que a alguien se le ocurrió que el fenómeno del editorial conjunto podría convertirse en un arma de presión contra el TC, un intento último y desesperado de corromper el incorrupto corazón de los jueces e influir así en la deliberación final. Podría ser así, de no ser porque periódicos se venden todos los días, y sentencias se dictan todos los días, y que se sepa jamás un editorial de uno o varios periódicos influyó en ninguna sentencia de ningún tribunal.

Hablan mucho del catalanismo exacerbado; lo pintan de negro y le ponen una guadaña en la mano, nos lo enseñan como aquel ángel exterminador de los cuentos de antaño y lanzan después aquella soflama unionista de “España se rompe”. Y sin embargo, ante las presiones nacionalistas, el estado tensa más la cuerda, y lo tildamos de títere o marioneta si no actúa así. La cuestión es: ¿no será que a España la estamos rompiendo entre todos? Alimentamos el odio nacionalista imponiendo el centralismo a sangre y fuego: tan integristas son los unos como lo somos los otros. Por eso, cuando surge una revisión, una modificación de un estatuto con treinta años de antigüedad, que bien pudiera hacerse extensiva a otros textos coetáneos, todos se rasgan las vestiduras ante lo que consideran blasfemia, y llaman herejes a unos y cómplices a otros, y reniegan del revisionismo diafrazándolo de independentismo atroz, y lo impugnan ante inquisidores vestidos con togas para que el sacrilegio no quede impune. Y todo ello, a pesar de que el sacrilegio lleva en boga tres años con sus mil y pico días y, que se sepa, España aún no ha claudicado.

En 1932, misma campaña para otro Estatuto. 74 años los separan.. pero la soflama es idéntica.

En 1932, misma soflama contra el mismo Estatuto. 74 años nos contemplan, pero el sentimiento es el mismo.

No es que sea yo muy proclive a nacionalismos, ni territoriales ni estatales; el concepto de estado es tan discutible y difuso a veces que la mejor forma de abordar el tema es cuestionándolo desde el principio: nada es blanco o negro. Nada puede serlo en el contexto de la realidad, porque sólo unos pocos lo son. Y si alardeamos de demócratas, hay que reconocer que la “mayoría” en este país la conforma una amplia gama de grises.

 
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Publicado por en 27 noviembre 2009 en Política, Sociedad

 

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Good Bye, Spain!

Muchos se llevaron las manos a la cabeza cuando, antes de comenzar la final de Copa, varios sectores del público que abarrotaba Mestalla, seguidores de Barça y Athletic, silbaron y abuchearon el himno de España. Incluso llegué a escuchar de boca de algún locutor radiofónico que para él mismo, que no se tenía por patriota pero sí creía en el respeto a algunos símbolos, aquello representaba un insulto bastante grave.

Lo mismo debieron pensar muchos turcos cuando, en el partido que España jugó contra ellos en casa no hace muchos días, un sector de las gradas silbó y abucheó su himno nacional.

En ambos casos, el mismo incidente tiene distintas repercusiones. En el caso de Turquía, pudo acarrear algún conflicto diplomático (poniéndose uno en el extremo), o al menos, decir muy poco sobre la hospitalidad y el respeto del pueblo español. En el caso de Mestalla, constatar tan solo la enorme brecha existente entre una buena parte de los españoles y lo que algunos se empecinan en seguir llamando España..

Porque ¿acaso no es esta la demostración de que aquel fundamento de estado español está pasado de moda y en importante declive? Funcionamos con el mismo modelo político de hace treinta años, modelo que sirvió para “tapar” un régimen de derechas y en el cual todos los españoles nos volvimos iguales ante la Constitución, sin distinción de razas, credos, clase social o pensamiento.

Y es que treinta años dan para mucho. Por ejemplo, para que todas las filias y las fobias que yacían latentes en los corazones de las minorías aflorasen y fructificaran, a lo largo del tiempo, arropados por el benigno clima de la democracia y del entendimiento. Por eso ahora tenemos leyes que hablan de paridad, de aborto, de matrimonios gays, y una larga lista de reconocimientos de los derechos de unos y otros que nos hacen todavía si cabe más grandes y fuertes, moralmente hablando. Ocurre que los nacionalismos forman parte de estas minorías (minorías mayoritarias, y perdonen la paradoja), pero el tinte político que adoptaran en su día sus reivindicaciones se debió, en gran parte, al uso que los propios políticos le dieron a sentimientos que eran más del pueblo que de ellos mismos. Se politizó una identidad nacional. Una cultura. Y todo ello a pesar de (¿o por culpa de?) ciertas ideas que se nos impusieron como buenas e inamovibles tanto tiempo atrás, y que sobrevivieron al cambio y a la transición. Es el caso de ciertos símbolos, como el que refería el locutor de radio ante la pitada del himno, que permanecen en nuestro subconsciente sí o sí, impuestos desde la cuna, a pesar de los pesares.

Porque el españolismo es, quizá, uno de los grandes lastres con los que España debe cargar. Es una herencia de aquel “una, grande, libre” que tanto se estilaba en los tiempos de Paco y que aún perdura, mal que nos pese a algunos. Porque ¿qué tiene que ver un andaluz con un gallego? ¿Y un canario con un leonés? ¿Un catalán con un madrileño? Aún diría más: ¿y un inglés con un madrileño? Salvo en lo cotidiano, absolutamente nada. Formas de pensar distintas, culturas distintas, incluso lenguas distintas. Unos se procuran la protección del catalán o el euskera y otros la del bable, o el llionés, o el galego, el castúo, el valenciano, o incluso más recientemente el andaluz. En Canarias llaman “godos” a los peninsulares. Identidades nacionales completamente distintas. Se intentó remendar este roto en el españolismo a base de autonomías, y el modelo ha perdurado, con mejor o peor salud, hasta nuestros días. Pero quizá haya llegado el momento de revisar el modelo, si bien muchas de las voces que claman a favor de esta idea hayan sido acalladas por los sectores más reaccionarios de la política y por la cobardía de aquellos que temen ser tachados de republicanos.. pero ¿no habrá llegado el tiempo de una República Federal, o algún modelo similar, en el que se olviden viejos rencores y se mantengan los valores de solidaridad y cohesión que tan bien han funcionado hasta ahora? ¿No aplacaría esta decisión las furias independentistas y los viejos rencores nacionalistas? Imponer a la fuerza un himno, un rey o una bandera, en los tiempos que corren, roza el absurdo. Porque la cuestión no es tanto política o económica como social, me temo. Y alimenta además el fuego de la xenofobia entre los que se supone deberían afrontar el futuro unidos. Así que me parece mucho más grave que silbemos el himno turco, mucho más, que silbar el propio; no deja de ser esta una actitud de protesta ante lo que algunos consideran, consideramos, la continuación de un estatus anacrónico. Una protesta desde dentro.

Algunos aprovecharon para hacer patria

Algunos aprovecharon para hacer patria

Y todo mi respeto hacia los que algunos tachan de poco españoles, hermanos vascos y catalanes en este caso, pero también manchegos, galegos, canarios, andaluces, cántabros, leoneses, aragoneses, navarros, murcianos, valencianos, baleares y asturianos. Porque ¿a cuántos de los que portan una bandera del Principado de Asturias cuando corre Alonso se les tilda de nacionalistas o de falta de respeto a la bandera?

 
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Publicado por en 14 mayo 2009 en Política, Sociedad

 

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