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Sinfonía del Ruido

(Basado en hechos reales)

Como vecino del barrio de Usera, en el punto estratégico en el que confluye con los distritos de Carabanchel y Arganzuela, me declaro completamente alienado en cuanto a salud mental se refiere. Debo aludir también, como elemento agravante, al turno de noche que mi trabajo (y mis escasos ingresos) me obliga a realizar. De modo que tengo que dormir de día, porque en algún momento hay que dormir.

El caso es que mi barrio, no se vayan a confundir, es un barrio muy completo: muchos servicios, tiendas, grandes superficies de alimentación, complejos deportivos, centros de salud, plazas de aparcamiento.. es un buen lugar para vivir, no se crean. Además, a tiro de piedra del centro de Madrid.

Cuando llego a casa, muy de madrugada, los vecinos duermen. Solo los más madrugadores han salido ya de casa o han cogido el coche, lo cual me facilita la tarea de aparcar el mío y subir a casa para descansar. La situación es idílica: todo quietud, paz.. un sitio maravilloso.

Llego a casa y enciendo el ordenador; no es que llegue fresco como una rosa, pero distraerme un rato mirando el correo o echando un vistazo a mis redes sociales me permite acabar de coger el sueño y desconectar de la dura jornada.

Y aquí es donde mi barrio deja de ser el idílico y bucólico lugar que había sido hasta entonces..

Y se transforma en un pandemonium de ruidos, gritos, estruendos, rumores incesantes, que, susto tras susto, “adornan” mis horas de sueño y me acompañan, también en vigilia, hasta el anochecer.

Marqués de Vadillo, a toda máquina

Marqués de Vadillo, a toda máquina

Dejando aparte el ruido normal del tráfico o de la gente por la calle, en Usera tenemos la suerte (o la desgracia) de albergar un cuartel de bomberos y una central de emergencias del Samur. Todo mi respeto hacia estos profesionales (¡qué sería de nosotros sin ellos!), pero cada vez que hacen una salida (y, créanme, es más a menudo de lo que ustedes pueden pensar) es como si el cielo mismo se viniera abajo. Sirenas estridentes, incluido un timbre estruendoso que precede a los bomberos y que avisa al tráfico de la inmediata salida de uno de sus camiones.. Una maravilla, un despliegue fantástico de ruidos que deleita los oídos más exigentes..

..y la entrada a la M-30 por Sta. María de la Cabeza, todo un clásico

..y la entrada a la M-30 por Sta. María de la Cabeza, todo un clásico

Y, por otro lado, sería digno de estudio comprobar cuántas veces han tenido que levantar la acera en el último año. ¿Seis? ¿Siete? Proceso este en el que tardan dos o tres meses, y durante el cual un operario con un martillo hidráulico (de los pequeños, si hay suerte) emplea de ocho a diez horas diarias en machacar la acera, o la carretera, o lo que sea. Estas son las mejores temporadas del año.

El día que no se vea ninguno de estos en mi calle, se acabará el mundo, seguro

El día que no se vea ninguno de estos en mi calle, se acabará el mundo, seguro

Y por si fuera poco, como guinda del pastel, mi vecino de arriba, Vicente, mecánico retirado, es un apasionado del bricolaje, y siempre que puede clava clavos, perfora paredes, machaca cosas con su martillo, o se dedica a serrar madera. Lo cual no deja de ser meritorio en un piso de sesenta metros escasos.. el verano pasado cambió el mueble del salón, que está justo sobre mi cama. Tuvo que desmontar el otro a mazazos, serrar algunas partes del nuevo y montarlo, a golpe de martillo. No recuerdo tres días peores que aquellos en toda mi vida. He de decir en su defensa que, días más tarde, nos encontramos en el rellano de la escalera, y me preguntó si me había molestado el ruido. No, qué va, Vicente. Si yo aguanto sin dormir perfectamente. Tú, tranquilo.

Esto es parte del arsenal de Vicente, mi vecinito de arriba

Esto es parte del arsenal de Vicente, mi vecinito de arriba

Así que, estimados lectores, si alguna vez se han quejado de aquel vecino ruidoso o de aquella obra que nunca acaba, recuerden estas líneas. Y piensen que a pesar de su desesperación, todavía hay alguien que lo pasa peor.

Ya.. ya sé lo que están pensando. La misma pregunta me la hago yo todos los días: ¿quién me mandaría a mi mudarme a este barrio?

 
 

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A ver si espabilamos

Insisten nuestros mandatarios en seguir parcheando la economía a base de inyecciones –“letales” para las arcas públicas- de dinero gubernamental y de seguir tirando de la tensa cuerda del proteccionismo social, pero nuestra economía sigue varada en los lodos de la zozobra inmobiliaria, y de ahí va a ser muy difícil sacarla, como ya nos han dicho por activa y por pasiva todas las instituciones de referencia (como la UE o el FMI).

Haciendo honor a la terquedad española, nos empeñamos en esperar la mejora de la salud laboral nacional y permanecemos agazapados, con las manos en la cabeza y la esperanza de que, finalmente, el cielo no caiga sobre nosotros y nos aplaste. Hay más de cuatro millones de parados, lo cual dobla la cantidad de los que ya teníamos hace un par de años. Es momento de reflexionar.

Primero: ¿de dónde salen dos millones de nuevos parados? Nos dicen los expertos que, cuando la enorme burbuja de cuento de hadas (para algunos) del negocio inmobiliario estalló, lo hizo tanto en la cara de las promotoras como en la de las financieras, los bancos, las agencias y las productoras de recursos (ladrillo, cemento, etcétera) y otras agencias de servicios, incluyendo grandes, medianas y pequeñas empresas.. se pudo comprobar, mal que les pese a algunos, que aquello de la especulación del ladrillo salió rana. Pero que muy rana. Así que no es difícil imaginar que un gran porcentaje de estos parados los “escupió” aquel hundimiento financiero.

Dios salve al ladrillo

Dios salve al ladrillo

Esto, unido al hecho irrefutable de que, cada vez más, el obrero en España se está convirtiendo en esclavo del sistema, complicó muchísimo las cosas. Dado que el Gobierno (el de antes y el de ahora) bendijo y arropó, hasta hacerlo suyo, el modelo neoliberal capitalista salvaje en funciones, y se olvidó del bienestar social acosándonos con el encarecimiento de bienes de consumo tan básicos como la vivienda, de las pocas opciones que se ofrecían la gran mayoría de la población (esto es, mucha gente) se lapidó a sí misma cuando eligió firmar una hipoteca por cantidades grotescas en plazos surrealistas. Una de las grandes bazas que se manejaban entre el ciudadano de a pie era la de que lo que compraban (una vivienda) era un activo seguro; algo que jamás podría perder valor, y se equivocaron.

Habían caído en la trampa: una deuda mensual que debían saldar sí o sí, con la que se comprometían durante veinte, treinta o cuarenta años, cuando no cincuenta, auspiciados por el inequívoco seguro de que si compraron por diez, en el peor de los casos, podrían vender por veinte. Y mientras tanto, en las empresas, sabedores los patronos de que su proletariado necesitaba trabajar a toda costa, apretaban su puño cuanto podían, mientras los trabajadores callaban y rezaban aquello de “Virgencita, que me quede como estoy”..

¿Quién tuvo la culpa aquí? ¿Los gobiernos, por no saber encauzar la sociedad hacia un modelo de bienestar sostenible? ¿González, por haber firmado junto a los sindicatos hace mucho, mucho tiempo, la dilapidación absoluta de los derechos del trabajador? ¿Zapatero? ¿El modelo neoliberal? ¿La omnipotente mano de los cuatro poderes?

La respuesta es mucho más sencilla, y es, a la vez, complicada en su aplicación. Porque la respuesta la tiene el propio pueblo, el obrero, que sin darse cuenta ha vuelto a las posiciones de clarísima desventaja que sufría hace más de cien años. Y esta involución la ha propiciado él, y solamente él. La ilusoria sensación de aburguesamiento que ha sufrido durante los últimos quince años ha resultado ser su piedra de toque, su punto flaco. Tener una casa, un coche, una familia.. demasiadas cadenas para una vida en la que se nos cierran vías de escape, en la que las opciones son cada vez menos y más agresivas.

El modelo que se nos ha vendido solo beneficiaba a unos cuantos, y hemos tenido que probar las hieles del fracaso para abrir los ojos, así que (y esta es mi reflexión final): ¿no sería más rentable, a largo plazo, dejar de proteger el ladrillo, cambiar mentalidades hacia puntos de vista menos tradicionales, fomentar el alquiler frente a la propiedad (como en el resto de Europa), y frenar el expansionismo y el capitalismo salvaje, dotando de mayor poder adquisitivo y mayor seguridad laboral al obrero, aún a costa de recortar los beneficios de los sobreprotegidos empresarios? ¿No sería más factible, a corto y medio plazo, invertir más dinero en formación, I+D, nuevas energías (por ejemplo, como ya se está haciendo en Andalucía, y con resultados más que aceptables), y cambiar de ese modo la absurda concepción de que la economía de un país ha de sostenerse sobre ladrillos e hipotecas, herencia del franquismo y de la España más rancia y antediluviana? ¿No sería más fiable, a corto, medio, y largo plazo, tratar de desmontar un modelo a todas luces equivocado, y sustituirlo por otro en el que prime el bienestar de la mayoría, que al fin y al cabo es uno de los fundamentos de esta mal llamada democracia?

 
 

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